Equipaje
De Albert, el caos. De Ángel, el despiste.
De Angelina, la amargura. De Arnau, la curiosidad.
De Arturo, la creatividad. De Carles y Ramon, la educación.
De Carlos, el culo. De Chema, el éxtasis.
De David, la simpatía. De Denis, la inteligencia.
De Ernest, la locura. De Esther, la ironía.
De Fèlix, la empatía. De Guillem, la lengua viperina.
De Isa, la bondad. De Joan, la envidia.
De Jon, el desparpajo. De José María, la sabiduría.
De Laura, la generosidad. De Lluís, la simplicidad.
De Lolito, la genialidad. De Maria, la locuacidad.
De Mercedes, la avaricia. De Nela, la risa.
De Núria, el sentido del humor. De Rosa, la autoridad.
De Rafa, la capacidad para creer. De Tom, la claridad.
Eso es lo que guardo en lugar protegido, para no olvidar.
Eso es lo que me llevo a mi isla desierta.
Bread & váter
Historia basada en hechos reales
Como cada día se despertaba sin necesidad de que sonase ninguna alarma, reloj ni teléfono móvil a las seis menos cinco de la mañana. Repasaba mentalmente durante cinco minutos los asuntos del trabajo y se levantaba tan fresco dispuesto a vestirse, comprar La Vanguardia y permitirse un buen desayuno a base de tostadas con mantequilla y zumo de pomelo. Ya se sabe, hay que desayunar bien porque es la comida más importante del día… aunque no para él.
Iba andando hacia el despacho, en plena plaza de Catalunya y tras veinte minutos de recorrido, introducía la llave en la cerradura y abría la puerta modernista de una nueva jornada laboral. Hacia las diez salía con la excusa de tomar un café en el bar donde entraba de lunes a viernes desde hacia más de veinticinco años: el camarero le servía una rebanada de pan blanco envuelto en papel de aluminio y un cortado.
Después de pagar, como era habitual, se dirigía al Corte Inglés y subía por las escaleras mecánicas hasta la segunda planta. Pasando junto a la agencia de viajes y la peluquería masculina, acariciaba el pomo de la puerta del servicio de caballeros y el olor tan familiar a orina y desinfectante le daba la bienvenida una día más. Ahí sí que se sentía confortable, rodeado de urinarios de pared, tazas de váter, cisternas, lavabos, secadores de manos y papeleras de tamaño industrial, por no hablar de las puertas con sus mensajes obscenos, sus números de teléfono y los chorros de semen recién eyaculado.
Se acercaba al urinario de la derecha y depositaba con sumo cuidado en su interior, junto al agujero de desagüe por donde desaparece la orina, el pan que le habían empaquetado en la cafetería. Después, se daba la vuelta y regresaba al trabajo.
A las seis de la tarde terminaba su jornada y se encaminaba de nuevo hacia el centro comercial. Volvía a ascender hasta la planta dos, pasaba una vez más junto a los catálogos de vacaciones y el aroma de los productos para el cuidado del cabello y entraba en los servicios. Si había alguien, esperaba a que terminase y desapareciera, iba directo hacia el urinario de la derecha y recogía la rebanada de pan, marinada en litros y más litros de orina de hombres de todas las edades, razas, nacionalidades, religiones, estaturas, tendencias sexuales y opciones políticas. Desplegaba el papel albal y protegía de todo mal el pan, que iba a descansar de nuevo en el fondo del bolsillo del caro abrigo azul marino de lana cashmere.
Ya en casa, despojaba a la rebanada de su envoltorio con la misma ilusión que un niño rasga el papel de los regalos de Navidad, disfrutando del perfume acre e intenso de la urea, llevándose a la boca su exquisito manjar con un gesto prácticamente idéntico al de los curas ofreciendo la ostia a los feligreses ávidos de comulgar. Y con el estómago satisfecho y el deber cumplido se acostaba antes de las once de la noche, murmurando una oración para que al día siguiente no le tocara el turno de limpieza de los baños a la empleada perfeccionista.
Fugaz
Deseé ser un adolescente otra vez. Sin más preocupaciones que mis exámenes de final de curso o dónde salir el fin de semana. Por un momento, mientras observaba su cara inocente, su nariz recta, su cabello castaño cayéndole sobre su frente pensé que me habría gustado cambiarme por él, pero solo por un momento.
Volver atrás, en plena inmadurez, saboreando cada minuto de inconsciencia, revivir una adolescencia pero no la mía, esa no. Con una vez ya fue suficiente. Regresar a una juventud menos triste y menos amarga, volver a desear enamorarme, a explotar abrazado a otro cuerpo, sentir de nuevo esa intensidad, ese fuego que abrasaba a todos los que se atrevían a acercarse. A veces sueño con despertar un día en mis veinte años para hacer lo que nunca hice, para poder saber lo que es haber sido valiente cuando tocaba serlo.
Con casi cuarenta años es sencillo estar equilibrado y dejar de sufrir por lo que sabes que no puedes manipular. Calma, ahora está todo tranquilo. Una superficie lisa que se altera pocas veces, un lago fresco de aguas profundas, nada que pueda intimidar a los bañistas que penetran en su interior.
Pero al ver su cara, su sufrimiento a penas escondido en su mirada, sus ansias mal disimuladas de ser poseído deseé solo por un segundo más rodearle con mis brazos, apaciguarle, besar sus ojos, sabiendo que nunca pasaría nada de todo eso, que me limitaría a imaginar como otras tantas veces. Y que, en caso de que algún día se hiciera realidad, yo sería el primero en echar a correr, en escapar de esa mirada que tanto me había atraído ese momento, en huir de esa parte de mi que se niega a conocerse y a mejorarse, que se autocomplace en ser como es.
Aparté la vista. Cerré los ojos. En mi oscuridad seguí viendo por algunos instantes su perfil. Poco a poco se difuminaba, se perdía. Sobrevivió una sensación de desasosiego que duró menos de un minuto, tiempo suficiente para hacerme ver que algo todavía seguía por arreglar, por repensar. Deseé el contacto de sus labios sobre los míos. Deseé su olor, lamer su sudor para que entrase por mi olfato, mi gusto, mi tacto y mi vista. No necesitaba ni oir ni pronunciar una sola palabra.
Fu y fa
Un día de octubre me puse manos a la obra y abrí mis puertas, sin pensar en ninguna de las consecuencias que ello podía suponer. Empecé a contar con detalle quién era, sin ficciones, sin mentiras, anónimo y desnudo. No sé por qué explicaba lo que explicaba, no había un plan diseñado, no había objetivos, ni un donde estoy ni un donde quiero estar. Simplemente recordaba historias y las reproducía tal como se habían almacenado en mi memoria, como yo las había empaquetado y ordenado en algún lugar remoto de mi cerebro.
Abrí las puertas y dejé entrar. El aire desempolvó imágenes y algunos sentimientos que no se habían tocado en mucho tiempo. Con las ráfagas de viento fresco todo parecía bastante más nítido: lo que antes había sido bochornoso, hoy simplemente era gracioso; lo doloroso, amistoso; lo cruel, indoloro.
A fuerza de contarlas entendí algunas cosas o eso me pareció. Me repetí a menudo, escribiendo lo mismo una y otra vez. Las puertas seguían abiertas, nunca se volvieron a entornar, y por ellas entraron y salieron amigos, conocidos y muchos desconocidos. Muchos visitantes sin nombre y sin cara, viajes fugaces, historias efímeras que no merecen ser relatadas ya que no dejaron ningún rastro detectable.
Un día de marzo decidí que todo lo que podía decir estaba dicho y todo estaba ya escrito. Las historias que tenían que ser aireadas circulaban libres por ahí y al deshacerme de ellas había soltado tanto lastre que me sentía ligero y ascendía a mi encuentro, cada vez más arriba, más elevado, hueco, liviano.
Entonces callé, dejé de remover recuerdos. El silencio duró bastante tiempo hasta que algún día de algún mes mis dedos sintieron otra vez la necesidad de contar alguna historia, quizás una sensación o incluso algún que otro deseo.
Como había tomado la precaución de no cerrar ninguna puerta no costó nada entrar una vez más. El lugar seguía siendo el mismo, todo continuaba en su sitio, con algo de polvo encima, pero en definitiva era el hogar que había dejado allí para volver algún día. Aún me sentía en casa, entre mis libros, mi música, mis viejos amigos.
Y esa es precisamente una de las sensaciones que me producen mayor satisfacción: el regreso, la vuelta a mi sitio, a donde pertenezco, donde los que me quieren saben que me pueden encontrar y donde los que afirman que les dejo indiferentes pueden comprobar cómo mi vida sigue libre por completo de su presencia.
Respuesta
Después de que el edificio se derruyera y la tormenta cayera, empecé a analizar las causas del desplome y llegué a la conclusión de que había tardado demasiado en dejar que estas cosas inevitables sucedieran. En el fondo siempre estaba por ahí acechándome el sentimiento de culpabilidad, que era el que me impedía actuar, aunque no me permitía ser inconsciente y, por lo tanto, evitar el dolor. A medida que comprendí que las culpas me colapsan pude ir deshaciéndome de ellas y sacar el pie de muchos frenos que me mantenían inmóvil.
Siempre he tenido un sentido del deber muy profundo. Soy muy exigente conmigo mismo y eso me aprisiona y me rodea de barrotes por todas partes. La mayor parte de mi vida la he pasado entre rejas, encerrado en una jaula física y mental que yo mismo he construido y mantenido. Supongo que todo ello viene de una educación recibida por parte de unos padres que, sin pretenderlo, me tatuaron estos esquemas tan rígidos en el cerebro.
El dolor no me asusta, al menos no el dolor que uno siente en su propia piel, pues he estado tan acostumbrado a convivir con él, a crecer con él, que durante la mayor parte de mi vida ha sido mi estado natural. Lo que sí he pretendido evitar siempre es provocar aflicción a los demás, especialmente a aquellos a los que quiero. La verdad es que otra verdad que he descubierto es que cuando nos relacionamos con alguien, cuando desarrollamos sentimientos de estima, cariño o amor, es imposible no hacer daño en ciertas ocasiones y que ello es natural, por lo tanto nadie debería sentirse culpable de algo que es inevitable e, incluso, necesario. Creo que poco a poco voy aprendiendo lo obvio.
Ello me ha permitido reconciliarme con buena parte de mi pasado. El hecho de mantener una relación sana y estable con las dos únicas personas de las que me he enamorado así como el haber conseguido colocar a mi padre y a mi madre en el lugar apacible que les correspondía me ha sumido, desde hace unos tres años, en un estado de tranquilidad que nunca antes había conocido. Durante un tiempo creí que nunca sería capaz de mantener ningún tipo de estabilidad sentimental con nadie porque, para empezar, era incapaz de sentir el más mínimo cariño hacia mí mismo. Eso ha cambiado, el giro de hecho ha sido de 180 grados y he descubierto a alguien digno de ser amado sencillamente por lo que es, con todas sus virtudes y, especialmente, por sus claras debilidades. Parte de ese trabajo se lo debo a Laura, a Fèlix, a Rafa, a Albert, personas que llevan más de diez años junto a mí y que si han estado ahí debe ser porque puedo mantener vivo algo realmente valioso.
Ahora mismo ya no percibo fantasmas alrededor de mi cama, parece que los espíritus que me rondaban han ido decidiendo que era mejor irse a descansar definitivamente. Transmito una paz que siento, una tranquilidad nueva y merecida, diría que ganada a pulso. Necesito disfrutar en solitario durante un buen tiempo de este estado de sosiego para convertirme en alguien mejor, más maduro, más aceptable a mis ojos, más digno de otro.
Puede que de esta nueva calma y aprendizaje se cree un estado de receptividad que me permita emprender un nuevo proyecto personal junto a alguien, sin tener que pagar el precio de las culpas, aunque ahora no es algo que me preocupe ni me quite un minuto de sueño. Lo que de verdad me importa es llegar a mantener ese aprecio que he llegado a sentir por mí mismo, acabar de comprender ciertos mecanismos para no repetir errores y disfrutar intensamente de mi compañía, que es la única que en el fondo no puedo permitirme el lujo de abandonar.
Espejismo
El amor me transformó momentáneamente, como debe pasarle a todo el mundo que consigue sentirlo al menos una vez en la vida. En mi caso, tuve la sensación de ser prácticamente otra persona, un Paco, un Miguel, un Manuel, un Alberto, pero no el Gianis que yo conocía tan bien, ese ser emocionalmente mutilado, encerrado en su jaula de barrotes indeformables, cuya banda sonora tristísima se alternaba con profundas lagunas de silencio.
El amor lo convulsionó todo, lo despedazó repartiendo partes de mí que fueron a parar a lugares remotos y desconocidos. Con sorpresa y curiosidad descubría en mí mismo rasgos que nunca antes me había atribuido: generosidad, preocupación por los demás, interés por los detalles de una vida ajena. Me levantaba sin esa sensación perpetua de hastío que me caracterizaba, sin esa falta de ilusión, sin el rictus de asqueo por pertenecer a una especie cruel y mediocre.
En mí había dos individuos casi opuestos que parecían convivir sin demasiados problemas: por una parte estaba el que no creía en sus posibilidades, el fracasado, el perdedor, el sarcástico pesimista, el nihilista, el solitario lector de Bukowski. Por otra parte había un romántico, un chico que pensaba que el amor era la clave y la llave, un entusiasta, un compañero cariñoso.
Durante algún tiempo, imposible para mí cuantificarlo, tuve la sensación de que el recién llegado acabaría ganando la partida. En ese momento mi fe en un amor irrompible era muy poderosa e irracional, ningún argumento podía empequeñecerla, ninguna canción, ninguna novela, ningún desengaño llegarían jamás a quebrarla. La búsqueda había dado sus frutos y el éxito no me abandonaría.
El exceso de confianza me hizo bajar la guardia y poco a poco me fui relajando, dando ventaja al perdedor agazapado tras una sonrisa cada vez más insegura. Esta vez no estaba dispuesto a fracasar y le sobraba paciencia. El tiempo nunca juega a mi favor. Poco a poco el romanticismo y el entusiasmo decayeron, lo que hizo fluir una corriente de culpabilidad imparable. La realidad estaba ganando la partida a la imaginación, los deseos y los planes de futuro.
Todo se venía abajo. Lo duro era la impotencia de saber que el edificio se derruía y era incapaz de hacer algo para evitarlo. Veía la tormenta antes de que las nubes se formaran, veía el tsunami antes de que las olas crecieran, pero ahí estaba, inmóvil, impertérrito, pensando “no puedo hacer nada”. Lo único que deseaba era parar de pensar, dejar de ver un futuro lleno de catástrofes naturales que se iban sucediendo puntualmente, al ritmo del tic tac de un reloj invisible.
El espejismo duró una temporada y llegué a ver jardines maravillosos donde solo había dunas y polvo. Cada vez que creía descansar en un oasis para recuperarme del agotamiento, cuando me echaba de cabeza sobre lo que creía un agua fresca y limpia, notaba el sabor seco de la arena en mi lengua y un aire abrasador chamuscando la piel de mis mejillas.
Y el tiempo, implacable, acabó difuminando la ilusión óptica del amor.
Relectura
He entrado en su blog una vez más, no sé por qué.
He ido directamente al primer post que había escrito, en julio de 2005 y me ha sorprendido volver a ver la foto que ya había olvidado por completo. He pensado por un momento si le reconocería si me lo llegara a encontrar en la calle, un bar o incluso un wc público. Seguro que no, teniendo en cuenta que me había cruzado un par de veces a mi padre y ni siquiera me había dado cuenta de su presencia.
Supongo que me atrae porque nos parecemos demasiado. Y no puedo evitar sentir cariño por ese ser desgraciado que fui, del que todavía quedan algunas trazas. Esa mezcla de autocompasión, deseo, clarividencia, pesimismo, falta de autoestima, inteligencia, singularidad, defectos, autocrítica, lucidez, ese cóctel agridulce, a veces amargo, casi nunca dulce, una mezcla que ahora se me antoja muy atractiva y entonces me parecía como si me hubiera rociado con una especie de líquido repelente.
Desde fuera los personajes atormentados siempre resultan fascinantes, especialmente para aquel tipo de persona, entre los que me cuento, tendente a desarrollar sentimientos de protección. Nada más motivador que un pobre chico triste que necesita consuelo, nada más cercano, me sé de memoria cada sentimiento, cada punzada, puedo revivir cada uno de mis fracasos en sus líneas, en las palabras que escribe, en frases que hubiera podido redactar yo mismo.
Mi vida vivida ahora por otro. Los mismos desengaños, el mismo vacío, el mismo aguijón clavado en la base del estómago después de una breve mirada, tal vez imaginaria. El mismo deseo asesino de amar y la convicción de que nunca será posible. La prueba real de que no era el único, de que no somos los únicos, aunque una constatación como esta nunca sea un consuelo.
Desde mi retiro en el mar de la tranquilidad espero que me vaya contando su vida, pedacito a pedacito, ya sea una simple erección en el vestuario del gimnasio o una noche de sábado encerrado en su habitación. Para reconciliarme definitivamente y aprender a observar con simpatía aquel chico tímido, silencioso, inmensamente triste que vivió en mi interior hasta no hace demasiado tiempo.