Cimientos
Hay amigos coyunturales y hay amigos estructurales. Los primeros aparecen fruto de una amistad pasajera y momentánea. Como un vuelo en avión excitante que transcurre sin darnos apenas cuenta. Yo he tenido varios amigos de este tipo a lo largo de mi vida: Eva, la primera persona de carne y hueso a quien le confesé, entre tembleques y lloriqueos, mi sufrida homosexualidad. Ani, mi compañera de piso durante mi recién estrenada independencia del hogar familiar. Balta, mi fiel camarada de la niñez, cuando uno ni se plantea qué significa la palabra amigo. Esther parecía que había aterrizado para quedarse mucho tiempo, pero al final despegó de pronto, con mucho ruido de motores y un pestazo a queroseno insoportable. Y así podría seguir con unos cuantos nombres más: Vicenç, Pedro, Joan, Josep, Juan, Etcétera. Personas que han estado ahí con una presencia más o menos notoria durante un período breve pero intenso. Compañeros de borracheras, de lágrimas, de fines de semana, de risas, de estudios, de piso, de mesa. De nada y de todo.
Los amigos estructurales son los que forman parte de nuestra propia columna vertebral. Sin ellos, el edificio correría serio peligro de derrumbarse, como poseído por un escuadrón de termitas hambrientas. Son esos a los que aluden Ecos del Rocío cuando cantan “cuando un amigo se va, algo se muere en el alma”. Son a los que echas de menos cuando no estás con ellos. Son los que siempre están sin necesidad de que les llames. Son aquellos con los que compartes una complicidad que va más allá de las palabras para adentrarse en el mundo de las miradas, los gestos y los silencios. Son los que te defienden cuando tu comportamiento es indefendible. Los que creen en ti cuando estás rodeado de ateos. Son los que dan sin reclamar. Los que te cantan la verdad a viva voz sin que te duela. Son la mano. Son el hombro. Son la mano en el hombro. Son los sistemas de seguridad que te hacen resistir los terremotos sentimentales, los tsunamis autocompasivos y los meteoritos de la fatalidad. Con ellos, los golpes duelen menos, las embestidas son menos mortales y los atropellos causan la mitad de víctimas.
Lo coyuntural, aunque positivo mientras dura, desaparece en un simple cambio de situación. Lo estructural permanece. Se queda, resiste, aguanta, se solidifica, se mimetiza con nuestra sangre. Sobrevive y crece. Perdura. Y así debe ser hasta el fin.
Cuando nos vamos
Eran las once y media de la mañana y yo estaba soñando que se celebraba el salón BCN Regal en mi domicilio. En mi sueño, yo vivía en una casa con jardín donde en la realidad se encuentra el pabellón Mies van der Rohe, junto a los palacios de exposiciones de la feria de Barcelona. Estaba nervioso porque tenía que acabar de disponer todos los objetos antes de que llegaran los primeros visitantes japoneses con sus maletines y ni tan siquiera había colocado el cartel indicador en la puerta. Si no me daba prisa todo acabaría siendo un desastre.
Y junto a mi cabeza ha sonado el teléfono, que ha evaporado mi sueño en milésimas de segundo. Adiós BCN Regal, adiós japoneses, adiós casa con jardín junto a la fuente mágica proyectada por Carles Buigas.
Hola Gianis.
Hola Maria, qué tal?
Bien. Oye, te llamo para decirte que ayer no puse la funda del sofá porque todavía estaba húmeda. Por cierto, qué putada os han hecho en el ascensor, no?
Sí hmm, cosas de críos.
Mira, necesito que me compres un par de bayetas, que las que quedan están ya muy gastadas.
Ok, el próximo viernes tendrás bayetas nuevas.
Que sean Vileda, que absorben mejor.
Serán Vileda.
Buen fin de semana.
Igualmente, Maria.
Y me he dirigido a un Schlecker cercano a casa. Las bayetas estaban justo detrás de un niño con rasgos orientales que no paraba de repetir a su madre “cuándo nos vamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos, cuándonosvamos?”. Después de dos paquetes de bayetas y dos botellas de Dove he pagado y he ido a recoger el cuadro que Chewy dibujó.
Lo he colgado en el comedor y me he preparado una ensalada de tomate y mozzarella. Y me he puesto a pensar.
He pensado en las botellas de gel y en lo que significan: constantemente hacemos gestos que indican nuestra confianza en una vida futura. Incluso la persona que vive más el presente está inconscientemente pendiente de lo que va a necesitar dentro de una semana, un mes, un año, si cabe. Y cuando la muerte nos pilla de improviso, todas esas botellas de gel, esas latas de cerveza en la nevera, esas bombillas de repuesto, esa cartera sin estrenar, esos besos escritos en un papel que pensabas entregar, esos abrazos en un sms pendiente de envío, esos planes a medio dibujar, quedan como testimonios de una historia ya acabada que alguien va a desenterrar.
Cuando nos vamos dejamos tras de nosotros cientos de objetos. Pero para mí, lo más amargo no es tirar la ropa usada de alguien que ya no volverá o repartir sus libros y sus discos. Lo más ensordecedoramente triste es vaciar su frigorífico, tirar a la basura su brick de leche a medio beber, su paquete de galletas abierto, sus cajas de medicamentos y apagar definitivamente su ordenador que había quedado en reposo.
He pensado que algún día alguien va a hacer eso por mí. Ventilará la casa y abrirá mis cajones, mis armarios, mi nevera y los vaciará. Y podrá ver mis planes de futuro más inmediatos abortados, metidos en grandes bolsas de basura de color negro, exactamente en el mismo lugar donde van a terminar los planes de futuro de cada uno de nosotros.
Atico
Hace ya algunos meses que me vengo planteando cambiar de residencia. Mi actual apartamento tiene dos pegas que a lo largo de los años se me están haciendo cada vez más insoportables: la falta de metros cuadrados donde acumular más y más objetos de toda índole que mi espíritu coleccionista acapara sin freno y la poca luz natural, porque iluminación artificial me sobra. El primer inconveniente es relativamente solucionable: puedo llamar a Manel, mi vecino del 1º 2ª, puedo ofrecerle una cantidad obscena por su piso e incluso puedo convencerle para que me lo venda. Impossible is nothing. Con ello lograría sortear el problema número uno y obtener el espacio suficiente para amontonar más y más cachivaches.
La segunda cuestión ya es más difícil de resolver, a no ser que consiga permiso municipal para derribar las tres plantas que están por encima de la mía, así como los tres pisos superiores de los edificios colindantes de toda la manzana. Cosa poco probable tratándose todas ellas de fincas catalogadas de la década de los sesenta del siglo XIX y conociendo lo quisquillosos que pueden llegar a ser los funcionarios del ayuntamiento de Barcelona.
Como a mí me gusta tocar de pies en el suelo y de glande en esfínter, optaré por el alquiler. La compra en esta ciudad se ha convertido en algo más difícil que abrir el envoltorio de plástico de un CD, solo accesible a traficantes de armas, tratantes de blancas, jefes de cárteles de la droga, ediles corruptos del PP, falsificadores de obras de arte o fichajes galácticos. Al no pertenecer, por desgracia, a ninguno de estos colectivos ni ser un rico heredero, ni haberme tocado el niño, ni jugar a las quinielas, no me queda más opción que alquilar mi piso y con esta renta mensual y unos cuantos cientos de euros más, arrendar un nuevo apartamento que mantenga las ventajas de mi actual hogar (ubicación privilegiada en calle del barrio gótico asiduamente mencionada en Lecool y B-guided, finca regia, vecindario civilizado, silencio y tranquilidad) y obvie los inconvenientes antes mencionados.
Por lo que empiezo a buscar el piso de mis pesadillas en una web especializada, dada mi inagotable ingenuidad y mi fe ciega en el poder mágico de internet. Instantáneamente me siento atraido por el anuncio de un ático en la Plaça Reial, por 2.300 euros al mes, con fotos dignas de suplemento dominical de decoración y tendencias, mucha luz y espacio de sobras. Un poco caro, aunque el hecho de podérmelo permitir si prescindo de mi hábito de comprar un par de Bikkembergs a la semana hace que le dé más vueltas de las aconsejables. El apartamento parece apto para recibir visitas ilustres, organizar bacanales donde efebos en taparrabos suministren granos de uva directamente a la boca de los asistentes e incluso alojar a un vicecónsul de algún microestado de Oceanía.
Pero por una vez y contra todo pronóstico, prevalece el sentido común y descarto la posibilidad de vivir en la Plaça Reial junto a Oriol Bohigas, Nazario y tres cuartas partes de los yonkis de Barcelona, muy a mi pesar.
Por lo que respecta al resto de anuncios, hay un denominador común: el mal gusto se paga a precio de percebe en temporada alta. Suelos de pavimento churrigueresco, estancias oscuras, cocinas desvencijadas, baños de todo a cien. Por no mencionar los muebles, dignos de figurar en una exposición sobre el kitsh español. Me desanimo, me desencanto, me desespero y me desconecto.
Etiquetas
El chico más cercano en la distancia y yo nos conocimos el 28 de marzo de 1991, si no recuerdo mal. Siempre he sido muy malo para recordar las fechas. Siempre he sido muy malo para recordar.
Ahí empezó una relación de amor que pasó a ser de amor-odio y que terminó por ser simplemente de odio. O de cansancio y aburrimiento. Cansancio de tanto dolor, de tanto engaño, de tanta traición, de tanto egoismo.
En el transcurso de quince años nos dimos segundas oportunidades, terceras, cuartas y hasta quintas. Sabíamos que nos queríamos mucho, pero no nos queríamos bien (y yo siempre he preferido la calidad antes que la cantidad). Por ello lo intentábamos una y otra vez, convencidos de que ésta sería la definitiva, seguros de triunfar, ciegos de fe en la certeza de que con amor era suficiente para superar cualquier dificultad, sin dudar de que el uno estaba hecho para el otro.
Pero la realidad se impuso con fuerza, como ocurría cada vez. Nunca un sueño ha triunfado sobre lo auténtico y jamás lo hará. Nunca la ilusión ha podido vencer a la vida real. Se impuso un cambio de etiqueta, un cambio de mentalidad.
Hacerlo es más simple de lo que parece pero al mismo tiempo es terriblemente complicado. El amor puede ser a la vez una auténtica tortura o una fuerza que te una sólidamente. Hasta entonces conocía la peor parte, pero por suerte (y con voluntad férrea) conseguí(mos) poder amarnos sin dañarnos. Transformando nuestra desdichada nación de dos en una amistad pudimos recomponer puentes y lazos, aunque no fue fácil ni se consiguió en poco tiempo.
Nunca el chico más cercano en la distancia ha estado tan próximo. Bien por nosotros. A veces se impone un cambio de etiquetas. A veces es necesario dejar de hacer lo que en el fondo corroe los cimientos, aunque parezca que es lo que les da consistencia. A veces es necesario alejarse para estar más cerca.
Ahora ya ni me acuerdo de las mentiras, de los ataques, de las culpas. Los hechos dolorosos han sido finalmente digeridos y perdonados. Siempre he sido muy malo para recordar lo desagradable. Siempre he sido muy malo para recordar.
Matricinio
El 8 de julio pasado se casaron en el estadio de los Brooklyn Cyclones de Nueva York Carolina Fischer y David Karpan. Ella, con un vestido de color beis tirando a beige y él con un traje azul claro tirando a cielo y zapatos de ante. Ante la asistencia de unas mil personas emocionadas, entre amigos, parientes, conocidos y un par de gorrones que se colaron sin estar invitados, se prometieron el siquiero y formaron una nueva nación de dos. Hasta aquí todo normal.
Lo raro de la boda no fue que la madre del novio pensara que su nuera le estaba robando a su hijo. Tampoco fue que el padre de la novia, en realidad, tuviera un affair con el jardinero de diecinueve años. Ni que el coche del hermano mayor del novio estuviera siendo desvalijado en ese preciso momento en un parking vigilado por dos adictos al crack que morirían al día siguiente aplastados por un camión de UPS.
Lo raro de la boda no fue que el suegro de la novia se tiñera el cabello de rubio o que el novio se pintara las uñas de los pies o que el cura que ofició la ceremonia hubiera sido acusado de pederastia en Boston o que la dentadura del hermano pequeño del novio estuviera podrida por la caries y la falta de higiene dental.
Ni tenía nada de extraño que la encargada de catering se llamase Katherine o que el director de la banda de música fuese sordo o que un perro callejero se presentara en el banquete y escarbara en el césped del estadio hasta encontrar una moneda de dólar de Eisenhower de 1971.
Lo atípico fue que varias empresas patrocinaron el enlace, entre ellas Diageo, la propietaria de marcas como Smirnoff, Johnnie Walker, Guinness, Bayleys o J&B, entre muchas otras, inaugurando así un nueva forma de esponsorización, a la que se añadieron varios comercios locales. El resultado fue que los novios pudieron ahorrarse más de 80.000 dólares gracias al dinero aportado por los mecenas.
Y como todo lo que se hace en América llega tarde o temprano, ya me imagino una boda gitana entre Samaray y Sandojé en el estadio Ruiz de Lopera, con los clanes Montoya y Heredia al completo, consumiendo bebidas patrocinadas por anís del Mono, bajo unos enormes carteles de Oro y Hora, la prisión Sevilla II y Victorinox como espónsores oficiales del evento, mientras Camela aúlla desde los altavoces “escúchame, compréndelo: es imposible nuestro amor porque entregué mi corazón a la mujer que quiero yooo”.
Badgag
Saddam Hussein colgó como un jamón ibérico el pasado sábado 30 de diciembre de 2006, después de un simulacro de juicio digno de la señorita Pepis. Sus verdugos le ejecutaron en un lugar sórdido, mal ventilado y sucio que parecía una especie de taller mecánico de extrarradio o una discoteca postmoderna de la lamentable década de los ochenta. Todo un contraste con los palacios donde solía residir el exlíder iraquí, acostumbrado a defecar en inodoros de oro y lavarse las manos con agua que manaba de grifos de 18 kilates. La ejecución fue grabada por la cámara del móvil de uno de los asistentes y difundida por televisión, para escarnio de unos y regocijo de otros. América está contenta, se ha hecho justicia, proclaman. Y si lo dicen ellos será verdad.
El caso es que finalmente la sentencia de muerte se dictó para castigar la tortura y posterior asesinato de 143 chiíes tras un atentado fallido contra el propio Saddam en Duyail, al norte de Bagdad, en julio de 1982. Durante el juicio se silenció el genocidio kurdo llevado a cabo entre 1987 y 1988 en Al Anfal, donde el ejército iraquí bombardeó con armas químicas centenares de aldeas del Kurdistán, provocando la muerte de decenas de miles de personas, algunos de los cuales fueron enterrados aún con vida. Colorín colorado, este kurdo se ha acabado.
Si yo fuera un poco malpensado podría sugerir que dicho genocidio no se juzgó para evitar que saliera a la luz que la masacre se produjo con el beneplácito de los Estados Unidos, ya que Saddam era en ese momento un valioso aliado contra el régimen del masturbantado ayatolá Jomeini. Y que el gas que se usó para rociar a los futuros muertos estaba suministrado por Alemania, la gran potencia gaseadora, como la historia se ha encargado de demostrar fehacientemente.
Conclusión: es la Tierra un lugar mejor sin Saddam? Indudablemente. Pero también lo sería sin Bush, sin Blair, sin Putin, sin Aznar y sin George Clooney. De hecho, yo soy de los que cree que el mundo sería un lugar mucho más saludable sin una especie que se cree con el derecho de eliminar a sus semejantes, ya sea vía electrocución, inyección letal, fusilamiento, horca, gaseamiento, garrote vil o cualquiera de las imaginativas e inagotables fórmulas que el ingenio humano es capaz de concebir para administrar injusticia.
Hala, que Alá lo acoja en su seno.