20.4.08

Herencia

Supongo que uno de los mayores consuelos del ser humano –y probablemente también una de las mayores satisfacciones de la vida- es la pervivencia. El deseo de seguir estando presente después de la muerte debe de estar grabado en nuestros genes y por ello se escriben novelas, se pintan cuadros, se esculpen bloques de mármol, se componen melodías, se levantan monumentos y se cuelgan placas conmemorativas en las fachadas de algunos edificios. Los que menos predispuestos están al bolígrafo, el pincel, el martillo o el pentagrama se dedican a introducir sus órganos reproductores en estado de erección en las vaginas de esposas, amantes, amigas, vecinas, hijas o desconocidas, vertiendo un fluido de sabor acre, esperando nueve meses en estado de expectación o de auténtico arrepentimiento. Aunque eso no significa que la producción artística libere de la reproducción.
Al final del proceso, tras las contracciones y la epidural, la cesárea o los fórceps, surge cubierto de restos de placenta un nuevo ser humano que, con mucha probabilidad, acabará penetrando a un ejemplar femenino o se dejará fecundar por un espécimen masculino, dependiendo de su género, para perpetuar así la especie hasta que una glaciación, un meteorito, una guerra santa o una epidemia de laboratorio termine con el homo sapiens.
De las ansias de pervivir se han aprovechado con inteligencia las distintas religiones. ¿Qué mejor manera de justificar que esta vida sea una tortura que prometiendo una existencia mejor? Y así, tanta maruja resignada a los golpes de su mariano, tanto manolo pasando las tardes en el bar gastando el subsidio en la máquina tragaperras, con los deberes hechos, la estirpe perpetuada, los críos en el colegio, en la habitación fumando un canuto, en la plaza aprendiendo a ser tan prescindibles como sus padres. Misión cumplida. Amén.
Nunca me he planteado cuál va a ser mi huella en este planeta ni qué pasará cuando muera. No soy más que algo insignificante excepto para unos cuantos, casi como cualquier otro ser de mi especie. Mis espermatozoides horrorizados y desilusionados una vez más al chocar contra una pared de látex, al acabar sobre un pedazo de papel, al estamparse contra el suelo, sobre la piel de un pecho, una cara, una espalda o unas sábanas. Y si no fuera por como están las cosas hoy en día, terminarían incrustados en algún recto adolescente.
Tengo bastante claro que no soy ningún artista y aunque algunos frutos de mi trabajo me sobrevivirán con toda probabilidad, no puedo considerarlos como mi herencia y, por otra parte, nunca voy a saber lo que es la paternidad. ¿Qué quedará, pues, de mí cuando llegue el momento de decir adiós a este planeta? Sin hijos, sin haber plantado nunca un árbol, sin haber publicado un libro, sin haber perpetrado ninguna masacre o genocidio que pase a los libros de historia, siempre voy a ser herencia, un hijo sin descendientes.

1 Comments:

At 21/4/08 12:53, Blogger Troy said...

Que sepas que Ira está ofendidérrima por este post.

Vale que no le pases la pensión… pero esto no era necesario. (Y mucho menos después de la llegada de Sean).

Me va a costar una fortuna en psicólogos. Cabrón.

 

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