14.5.08

Espejismo

El amor me transformó momentáneamente, como debe pasarle a todo el mundo que consigue sentirlo al menos una vez en la vida. En mi caso, tuve la sensación de ser prácticamente otra persona, un Paco, un Miguel, un Manuel, un Alberto, pero no el Gianis que yo conocía tan bien, ese ser emocionalmente mutilado, encerrado en su jaula de barrotes indeformables, cuya banda sonora tristísima se alternaba con profundas lagunas de silencio.
El amor lo convulsionó todo, lo despedazó repartiendo partes de mí que fueron a parar a lugares remotos y desconocidos. Con sorpresa y curiosidad descubría en mí mismo rasgos que nunca antes me había atribuido: generosidad, preocupación por los demás, interés por los detalles de una vida ajena. Me levantaba sin esa sensación perpetua de hastío que me caracterizaba, sin esa falta de ilusión, sin el rictus de asqueo por pertenecer a una especie cruel y mediocre.
En mí había dos individuos casi opuestos que parecían convivir sin demasiados problemas: por una parte estaba el que no creía en sus posibilidades, el fracasado, el perdedor, el sarcástico pesimista, el nihilista, el solitario lector de Bukowski. Por otra parte había un romántico, un chico que pensaba que el amor era la clave y la llave, un entusiasta, un compañero cariñoso.
Durante algún tiempo, imposible para mí cuantificarlo, tuve la sensación de que el recién llegado acabaría ganando la partida. En ese momento mi fe en un amor irrompible era muy poderosa e irracional, ningún argumento podía empequeñecerla, ninguna canción, ninguna novela, ningún desengaño llegarían jamás a quebrarla. La búsqueda había dado sus frutos y el éxito no me abandonaría.
El exceso de confianza me hizo bajar la guardia y poco a poco me fui relajando, dando ventaja al perdedor agazapado tras una sonrisa cada vez más insegura. Esta vez no estaba dispuesto a fracasar y le sobraba paciencia. El tiempo nunca juega a mi favor. Poco a poco el romanticismo y el entusiasmo decayeron, lo que hizo fluir una corriente de culpabilidad imparable. La realidad estaba ganando la partida a la imaginación, los deseos y los planes de futuro.
Todo se venía abajo. Lo duro era la impotencia de saber que el edificio se derruía y era incapaz de hacer algo para evitarlo. Veía la tormenta antes de que las nubes se formaran, veía el tsunami antes de que las olas crecieran, pero ahí estaba, inmóvil, impertérrito, pensando “no puedo hacer nada”. Lo único que deseaba era parar de pensar, dejar de ver un futuro lleno de catástrofes naturales que se iban sucediendo puntualmente, al ritmo del tic tac de un reloj invisible.
El espejismo duró una temporada y llegué a ver jardines maravillosos donde solo había dunas y polvo. Cada vez que creía descansar en un oasis para recuperarme del agotamiento, cuando me echaba de cabeza sobre lo que creía un agua fresca y limpia, notaba el sabor seco de la arena en mi lengua y un aire abrasador chamuscando la piel de mis mejillas.
Y el tiempo, implacable, acabó difuminando la ilusión óptica del amor.

3 Comments:

At 18/5/08 01:50, Blogger bettyylavida said...

gianis, que me tienes enamoraita y ni me contestas ni ná...qué manera de hacerse el interesante:)


jajaja

este también, este más, este uno de los mejores

 
At 19/5/08 02:32, Anonymous Anónimo said...

He leído algunos de tus post y me siento dolorosamente identificado. La verdad es que no se si me gusta nada en lo que me estoy convirtiendo pero ha llegado un punto en que ya me da igual... y eso es lo pero de todo.

Supongo que me pasaré por aquí alguna que otra vez, quizás para tratar de reconocerme.

 
At 1/6/08 21:02, Anonymous nación de uno said...

el amor es tan disfuncional que te acaba transformando en un cursi sin nada nuevo que decir (como demuestra este post).

si quieres seguir por ese camino aprende a ser una persona insulsa y aburrida, pero feliz, eso sí.

feliz camino hacia la mediocridad de un ser enamorado.

 

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