Bread & váter
Historia basada en hechos realesComo cada día se despertaba sin necesidad de que sonase ninguna alarma, reloj ni teléfono móvil a las seis menos cinco de la mañana. Repasaba mentalmente durante cinco minutos los asuntos del trabajo y se levantaba tan fresco dispuesto a vestirse, comprar La Vanguardia y permitirse un buen desayuno a base de tostadas con mantequilla y zumo de pomelo. Ya se sabe, hay que desayunar bien porque es la comida más importante del día… aunque no para él.
Iba andando hacia el despacho, en plena plaza de Catalunya y tras veinte minutos de recorrido, introducía la llave en la cerradura y abría la puerta modernista de una nueva jornada laboral. Hacia las diez salía con la excusa de tomar un café en el bar donde entraba de lunes a viernes desde hacia más de veinticinco años: el camarero le servía una rebanada de pan blanco envuelto en papel de aluminio y un cortado.
Después de pagar, como era habitual, se dirigía al Corte Inglés y subía por las escaleras mecánicas hasta la segunda planta. Pasando junto a la agencia de viajes y la peluquería masculina, acariciaba el pomo de la puerta del servicio de caballeros y el olor tan familiar a orina y desinfectante le daba la bienvenida una día más. Ahí sí que se sentía confortable, rodeado de urinarios de pared, tazas de váter, cisternas, lavabos, secadores de manos y papeleras de tamaño industrial, por no hablar de las puertas con sus mensajes obscenos, sus números de teléfono y los chorros de semen recién eyaculado.
Se acercaba al urinario de la derecha y depositaba con sumo cuidado en su interior, junto al agujero de desagüe por donde desaparece la orina, el pan que le habían empaquetado en la cafetería. Después, se daba la vuelta y regresaba al trabajo.
A las seis de la tarde terminaba su jornada y se encaminaba de nuevo hacia el centro comercial. Volvía a ascender hasta la planta dos, pasaba una vez más junto a los catálogos de vacaciones y el aroma de los productos para el cuidado del cabello y entraba en los servicios. Si había alguien, esperaba a que terminase y desapareciera, iba directo hacia el urinario de la derecha y recogía la rebanada de pan, marinada en litros y más litros de orina de hombres de todas las edades, razas, nacionalidades, religiones, estaturas, tendencias sexuales y opciones políticas. Desplegaba el papel albal y protegía de todo mal el pan, que iba a descansar de nuevo en el fondo del bolsillo del caro abrigo azul marino de lana cashmere.
Ya en casa, despojaba a la rebanada de su envoltorio con la misma ilusión que un niño rasga el papel de los regalos de Navidad, disfrutando del perfume acre e intenso de la urea, llevándose a la boca su exquisito manjar con un gesto prácticamente idéntico al de los curas ofreciendo la ostia a los feligreses ávidos de comulgar. Y con el estómago satisfecho y el deber cumplido se acostaba antes de las once de la noche, murmurando una oración para que al día siguiente no le tocara el turno de limpieza de los baños a la empleada perfeccionista.


4 Comments:
¡Gracias majo!
Cuéntame una historia de estas a diario y a la hora de comer y me olvido de la Operación Bikini...
No me seas cerdo, hay que serlo donde hay que serlo.
RCUE
Qué asco no, lo siguiente!!! La mente humana siempre puede ser más retoricda de lo que imagino...
Andaba falto de una ración de naturalismo del más descarnado... Y, como de costumbre, estás a la altura de las expectativas. Saludos!
El_gay_Leon
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