12.8.10

Reconciliación

Algo me dijo que tenía que hacerlo, de forma improvisada. Me calcé el casco, arranqué la moto y enfilé la autopista en dirección a ese lugar en el que no había estado desde hacía tantos años.
Aparqué en una calle en obras, con el asfalto levantado y tres albañiles simulando trabajar bajo el sol de agosto. Tres seres sin cuello, de barriga prominente dirigieron la mirada hacia mí, extrañados de que ese día, a esa hora, alguien pudiera atreverse a pasear por una calle vacía sin pavimento.
Les ignoré y me encaminé hacia ninguna parte en particular. Un paso, después otro hasta llegar al lugar donde hubo tanto sufrimiento, por casualidad, sin pretenderlo. Recuerdos de un pobre adolescente hasta llegar a la escuela, donde me convertí en niño otra vez. Mi memoria resucitó los pasillos donde nos agolpábamos antes de salir al patio a jugar, las aulas, el oscuro y temible despacho del director, la sala donde se vendía el material escolar, la cocina, el comedor, los lavabos. Cada uno de los olores regresó y con ellos imágenes nítidas de los años vividos entre esas paredes.
Me vi vestido con la bata azul abrochada hasta el cuello, subí mentalmente las escaleras de entrada, hice cola junto a los demás chicos para salir e ir a casa. Y recorrí el camino que tantos cientos, miles de veces había andado. La misma calle con la vieja pastelería ya cerrada y sustituida por una tienda de bolsos, el antiguo casino donde mi padre se reunía con sus amigos, ahora con un enorme cartel de “se vende o se alquila para locales comerciales”. La librería donde compraba las novelas que devoraba, ya desaparecida y ocupada por un edificio nuevo. Anduve hasta la casa donde nací, que no me trajo ningún recuerdo y me encaminé hacia el parque donde jugaba cuando era solo un niño.
Las imágenes de mi abuela esperándome mientras me columpiaba me pillaron por sorpresa y tuve que sentarme en un banco. De repente me faltaba el aire. Oía el crujido de las cadenas del columpio, sentía el aire fresco en la cara y olía los mismos pinos. Volvía a tener cinco años y volvía a jugar con la arena y con mis coches favoritos.
Mi memoria había almacenado cada sensación, cada imagen, cada palabra y cada gesto. Y mientras seguía sentado en el banco, incapaz de incorporarme, las lágrimas se empezaron a derramar por las mejillas. Sin dolor, sin pena, sin angustia. Solo una enorme y desierta sensación de paz, de reconocimiento y de recuperación.

1 Comments:

At 12/8/10 15:17, Blogger bettyylavida said...

Pues es una maravilla, Gianis.

Un saludito guapo.

 

Publicar un comentario en la entrada

<< Home


Hit counter